Mascaró


Alea jacta est

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martes, marzo 27, 2007

Tarde de Carnaval


Era el atardecer del sábado de Carnaval. En la isla habíamos quedado Dora, Haroldo, Alfredo (un amigo) y yo. Había sido día de limpieza, en que todos los hombres (y a veces Dora) nos armábamos con los machetes y empezábamos a limpiar todo el pastizal que se iba amontonando a lo largo del verano, para dejar el mayor tramo posible de pasto poco crecido donde poder tirarnos por las tardes a filosofar.
Alfredo había estado contando de sus tiempos de conscripción. ¿Por qué será que todos maldicen y reniegan de la conscripción pero cuando empezás a tirar del hilo comienzan a aflorar recuerdos, anécdotas, y que algunos son recordados con nostalgia y cariño?
Alfredo contaba cómo lustraba las botas del sargento con esmero para que éste lo dejara salir, o le diera unas horas más. Y contaba (primera vez que lo oía) que poniéndoles saliva antes de dar el lustre final con la franela, quedaban más lustrosas. Yo la dejé pasar, no me interesaba tener los zapatos tan lustrados. En cambio Haroldo, no sé si para aprender algo nuevo o para incorporarlo a alguna novela, como era costumbre, le pregunta:
-¿Cómo es eso de la saliva?
Larga y minuciosa explicación de Alfredo.
Era uno de esos perfectos crepúsculos de verano, sin una nube, con apenas una ligera brisa que calmaba un poco el ardor del día ardiente que habíamos pasado.
Previa ligera zambullida en el Gambados, Haroldo propone dar una vuelta en bote. Era la hora y el momento propicios, habíamos estado dándole duro a los machetes todo el día, así que los dos aceptamos.
La lógica era que él fuera en su bote con Dora, y Alfredo y yo en uno de los nuestros. Pero no, Haroldo dispone: "vos andá con Dora, yo voy con Crab". Nos sentamos, como siempre yo al remo, él de timonel, marcando el rumbo. Salimos, Alfredo con Dora nos sigue en su bote.
-¿Dónde vamos? -le pregunto.
-Andá para el Tigre, a ver cómo está el carnaval.
Entendámonos: era una época en que todavía existían los bailes de Carnaval, con disfraces, y que todo club que se respetara organizaba sus bailes.Y al pasar por el Tigre Boat, vimos que ahí la cosa pintaba linda.
Cruzamos el Luján, casi desierto, y nos dirigimos al embarcadero de lanchas. No era lo que es ahora. No había catamaranes siquiera, sino las viejas lanchas de pasajeros que aún siguen vigentes.
En un muelle, dos hermosas chicas, disfrazadas de Colombinas, como esperando que viniera una lancha.
-Arrimá, arrimá -dice Haroldo, con la idea de ser Pierrot.
La verdad que las chicas lo merecían, pero no daba, con Alfredo con Dora a unos metros detrás. Pero yo pensé: "bueno, de última me engancho yo".
Y ahí estábamos. Nosotros dos junto al muelle, levantándonos (o intentándolo) a las chicas, y Alfredo y Dora, detenidos a unos metros con su bote.
Empezamos con la lata de si estaban esperando alguna lancha. La callada por respuesta. Insistimos:
-Miren que ya es tarde y no hay más lanchas...
Ahí, las dos se miraron. Siempre sin contestar. ¿Y si fuera cierto?
-Si quieren, nosotros las cruzamos (por la pinta, eran seguro del Tigre Boat)...
-¿Van al Tigre Boat?
Ahí, viendo que éramos conocedores, comenzaron a darnos charla. De a poco, tímidamente.
Dora, al ver esto, se pone inquieta. Desde unos metros atrás, llama suavemente:
-Haroldo...
Haroldo hace un gesto, que Dora conocía bien, y que iba siempre (no ahora) acompañado de un enérgico "callate", y seguimos dando la lata.
Lo curioso es que las chicas se habían dado cuenta de que había algo que no andaba, de que Haroldo tenía algo que ver con la mujer que estaba en el otro bote, pero no sé si porque les habíamos interesado nosotros, o porque les había interesado enterarse de que no había más lanchas y de que nosotros nos ofrecíamos a llevarlas, la cuestión es que seguían hablándonos.
Dora insistió, con un leve tono de impaciencia.
-Haroldo...
Nuevamente el mismo gesto de "callate".
Seguimos. Yo consciente, como al comienzo de todo, de que la cosa no tenía ningún gollete.
Hasta que finalmente, Alfredo dio dos remadas, arrimó su bote al nuestro, lo miró a Haroldo, y le dijo tan sólo:
-Haroldo... y lo acompañó con un gesto con las manos, como diciendo: "¿qué más querés hacer?, acá realmente no da para nada".
Nos miramos los tres, decidimos que tenía razón, y luego de despedirnos de las chicas con un:
-¿Mañana vuelven?
Con la certeza de que nunca más las veríamos. Dimos vuelta el bote y seguimos viaje.
De vuelta en la isla, Haroldo le reprochó a Alfredo su intervención y su fidelidad para con Dora.
-Podríamos haberla seguido un rato más. Quién sabe...

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