Mascaró


Alea jacta est

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lunes, marzo 19, 2007

Haroldo Conti I


Como el perspicaz lector habrá ya adivinado, este blog está dedicado a uno de las grandes novelas de Haroldo Conti, de quien tuve el honor de ser gran amigo.

La foto que ilustra este post es de mi autoría, y como en todas las que le saqué, que son muchas, la pose es forzada y antinatural. Le encantaba sacarse fotos, pero no lograba adoptar una actitud natural (siempre la lente nos pone incómodos).

Un día, para intentar responder las clásicas preguntas que todos alguna vez nos formulamos, decido estudiar filo. No logré contestarlas, pero entré en un círculo donde conocí a gente muy valiosa, que me llevaba algunos años, y que me tomó como una especie de apreciado discípulo.

Al tiempo, Norma, que me había tomado especialmente bajo su protección, me dice: vos tendrías que conocer a Haroldo, se parecen mucho. Y ahí nomás me hace una cita con él para el día siguiente.

Recuerdo todo nítidamente. Nos encontramos en el bar San Martín, que quedaba -¡fíjense la originalidad!- en la calle San Martín. Entro, y por un par de datos que habíamos convenido, lo reconozco enseguida. Estaba leyendo La Razón, lo cual no me pareció adecuado para alguien que estaba terminando su carrera de filosofía. Pero así era Haroldo, le gustaba estar informado, y leía un diario por la mañana y otro por la tarde, maldiciendo y execrando a ambos, cómo deformaban la información y la transmitían conforme sus intereses. Luego de los saludos, me comienza a hablar de Fangio y lo gran corredor que era, lo que en esa etapa de mi vida ocupaba preocupaciones de un orden de prioridad muy bajo, por no decir nulo.

Sí, como había dicho Norma, Haroldo era un filósofo muy especial. Cualquiera fuera la temática que abordase, su aproximación al tema tenía siempre un enfoque original, distinto. Sabía ver detrás de las apariencias, y su pensamiento siempre descubría cosas que para el resto pasaban inadvertidas. Sin pedantería, sin grandilocuencias. O sea, lo descubrí años después, era un verdadero filósofo. Un filósofo que hablaba con palabras sencillas, que todos entendían. Pero para él, como también para mí, la filosofía era solamente una herramienta, que le permitía en su caso ordenar su discurso, discernir entre lo importante y lo secundario, y separar la paja del trigo. Lo que a él verdaderamente le interesaba era la literatura. Escribir.

Por entonces, su preocupación esencial era terminar la tesis sobre Nietzche que estaba escribiendo para terminar su carrera, y casualmente resultó que yo era, entre sus amigos, uno de esos pocos privilegiados que tenían entonces una máquina de escribir. Ahí pues me mandé toda la tesis, aunque no sin algunas discusiones, ya que a veces cuando una frase no me parecía bien construida, la modificaba, creyendo mejorarla, pero el muy maldito se acordaba precisamente cómo la había escrito e insistía en que quedara como en el original. Esto daba lugar a largos cambios de ideas -a veces tan solo por una coma, o un adjetivo delante de un sustantivo-, en los que finalmente -demás decirlo- prevalecía siempre el criterio de Haroldo, que nunca me aceptó la posibilidad de un cambio. Esta contenciosa relación se prolongó durante algunos años, siempre con igual resultado, hasta que se compró su propia máquina.

Bueno, esto me hizo entrar en el círculo íntimo de Haroldo, que era bastante amplio. Los compañeros del grupo de filosofía, integrado por gente muy valiosa. Su madre, con la que todavía vivía. Su hermana, que andaba con un marino casado que recién después de muchos años por fin se separó y pudo casarse con ella. Y last but not least, Dora, su novia, con la que mantenía una relación para entonces de avanzada, ya que hacían prácticamente vida marital. Para terminar, la madre de Dora.

Todos, alternativa o conjuntamente, nos reuníamos los domingos en la isla de Haroldo en el Tigre, que además congregaba a isleros vecinos, y remeros compinches del club de remo de Haroldo. Ahí se celebraba el culto de la amistad, entre gente que tenía intereses y horizontes espirituales completamente distintos, reuniones que no me eran enteramente satisfactorias, y a veces directamente aburridas, ya que tenía entonces orejeras y estaba interesado, como los demás del grupo de filosofía, tan solo en hablar de cosas profundas o de fenómenos estéticos.

No entendíamos cómo Haroldo, capaz de sostener con sólidos argumentos y criterios propios conversaciones de este tipo, era capaz de enfrascarse a la vez, en esas largas tenidas de los domingos por la tarde, en iguales disquisiciones acerca de cuál era el mejor carburador para un motor marinizado de 80 HP, o el diámetro de la hélice más adecuada, o si para un casco de madera era mejor un motor dentro o fuera de borda, para pasar después a la cría artificial de las nutrias, o la mejor época para la tala de los álamos, o cuál crecida había sido mayor, si la del 46 o la del 62, conversaciones en las que alternativamente iban quedando fuera distintos integrantes del grupo, según el tema abordado.

Años después, entendí que Haroldo era sólo un gran reservorio de todo lo que al hombre compete, un poco a lo Terencio (hommo sum...) y que además, su interés por todo lo que hicieran los hombres, lo utilizaba posteriormente en sus libros, que mostraban, además de una gran ternura y una elevada dosis de poesía, un conocimiento enciclopédico de las distintas culturas del hombre.

Casi todos quienes nos reuníamos los fines de semana en su isla, fuimos personajes alguna vez alguna de sus novelas.

Mi mayor interés, obviamente, era poder estar a solas con Haroldo. Eran momentos de intensa comunión espiritual, donde afloraba toda su riqueza interior y las profundidades y la belleza de su alma. Cuando remábamos juntos en bote -yo siempre remando, y él siempre comandando, de timonel-, al atardecer de esas inolvidables tardes de otoño, cuando el sol arroja sus últimos reflejos sobre las copas de los árboles y nos muestra su cambiante color. Ahí estaba presente el Haroldo gran poeta y gran observador de la naturaleza hasta en sus detalles más imperceptibles, y ahí aprendí porqué él era un artista y yo nunca lograría serlo (tan solo, a lo sumo, un apreciador de la belleza): porque él veía cosas que a mí me pasaban inadvertidas. Porque su vista penetraba más allá, y con lo que percibía elaboraba relaciones de causas y efectos que a mí no se me ocurrían (aunque no fueran rigurosamente ciertas, pero en tanto, se parecían a la verdad, que para el caso daba lo mismo).

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8 Comentarios:

A la/s 11:58 a. m., Anonymous Anónimo dijo...

¿y vos
qué personaje sos
crab?

Hipólita

 
A la/s 8:26 a. m., Blogger crab dijo...

Hipólita: no contestaste mi pregunta a tu post anterior. Si querés hacelo por línea privada.

¿Que quién soy yo? Nadie. Te juro.
Sólo elijo bien mis amigos.

 
A la/s 8:28 a. m., Blogger crab dijo...

¡Ah, personaje! ¡Recién caigo! No, sólo te lo voy a decir, también, por línea privada. Pero ojo, por pudor.

 
A la/s 12:33 p. m., Anonymous Anónimo dijo...

no sé cuál es
tu línea privada

Hipólita

 
A la/s 8:47 a. m., Anonymous Anónimo dijo...

Hipólita: me debés una respuesta al uso del remo fijo.
La línea directa está en el Perfil.
Crab

 
A la/s 12:29 p. m., Anonymous Anónimo dijo...

las gracias no se explican, crab
funcionan o no funcionan
son agraciadas o no son agraciadas

Hipólita

 
A la/s 2:06 p. m., Blogger Crab dijo...

Es que la única interpretación que se me ocurre es un tanto vulgar, y no imagino a nadie más lejos de la vulgaridad que a vos.

 
A la/s 5:35 p. m., Blogger El oficio de profeta es el oficio del poeta. dijo...

En 1980 la revista literaria "Papeles con Gatillo" en una edición especial como director de ella y como fundador de la misma, decidí en un Consejo Literario ceder el espacio de mi revista al Frente Antiimperialista de Poetas Latinoamericanos. Me habían nombrado Presidente del Consejo Literario. Me ´tocó conocer a Haroldo Conti y parte de su familia en algunas ocasiones. El título de la revista era "QUE APAREZCA CON VIDA HAROLDO CONTI" Sólo que do yo como sobreviviente, en esta revista que aún existe. Puede usted contactarnos por medio de mi blog http://moievazen-papelescongatillo.blogspot.com Nunca supe más de un querido amigo Rodolfo Bretones. se fue hacia Europa, y nunca supe mas de él. Durante el terremoto de 1985 en la Ciudad de México, perdí a mi compañera, mi casa, mi biclioteco y todos mis recuerdos. Leopoldo Ayala me saqueó todo mi archivo, me lo agandalló Ahora resulta que en un lugar, un vendedor de textos me entregó ests documento. Regreso de la espiral con el retorno de la espiral, dedicado en un homenaje a Haroldo Conti. En la pag. 21. quisiea saber mas de Haroldo Conti, a lis 78 años el Alzheimer no me llega, retorna del espiral Mascaró. Para volver a Mascaró y que aparezca con vida Haroldo Conti, voy a utiuliazrlo,
EL SILENCIO ES LA LIBERTAD DEL ABANDONO. El poema original, escrito de mi propia letra y publicado en forma de caracol QUE APAREZCA HAROLDO CONTI. Te lo puedo enviar, pero necesito un correo electrónico para poderlo pegar. cuando contacté con Martha fue en el café Literario de la Librería Contraste en la Ave. Insurgentes México.

 

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