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martes, marzo 13, 2007

Arlés



Conocía a Arlés (los franceses pronuncian Arl), por supuesto, a través de La Arlesiana, de Bizet, y sobre todo de Van Gogh, que se pegó ahí el escopetazo.


Hace unos años, la conocí visualmente, al ver una película, Ronin, protagonizada por Robert De Niro y Jean Reno. Era la clásica película de espías, persecusiones y tiroteos en autos que se estrellan, etc. Cuando los autos que vienen desde Niza, aparecen de repente después de una curva en la plaza de Arles (situada a unos doscientos kilómetros: una de las tantas magias del cine), aparece de pronto un letrero que dice: "Café Van Gogh", y entonces paro las antenas. Sigue la persecusión, los tiros, y de pronto entran en un coliseo romano. ¿Qué es esto? Sí, tal cual, un coliseo como el grandote que está en Roma. Siguen los tiros dentro del coliseo (y no les voy a contar la película, aunque visualmente vale la pena verla).


La cuestión es que había ido a verla con mi hijo menor, a quien le digo al salir del cine: "te prometo que un día vamos a ir juntos a ese lugar".


Años después, mi hija la de España, que estaba becada con tutti fioqui en Madrid, me dice: "papá, tengo un departamento de la puta, si no venís ahora, alojamiento y comida gratis, nunca vas a conocer Europa". Había cobrado unos mangos, y allá nos fuimos con Matías.


Primero, por esas cosas que tienen a veces las aerolíneas, nos regalan una escala en París de una semana, y luego la vuelta a Madrid. No voy a hablar de esa semana en París: todo el mundo ya ha hablado y no voy a agregar nada nuevo (aunque pensándolo bien, quizás podría...).


Volvimos a Madrid, que, como dijo mi hija: "Ah, es que si primero fuiste a París, Madrid claro que no te va a gustar". Pero ahí me esperaba una sorpresa: mi hija terminaba su beca, se recibía suma cum laude, y me invitaba (en esos días era mi cumpleaños) a un viaje por toda la Costa Azul. Pero yo, que ya me había asesorado por un amigo también becado muchos años, pero en Francia, le dije: "bien, pero la única conditio es que quiero conocer Arlés, que queda a 50 kmts. de Marsella. Desviarnos 50 kmts., que con el regreso serían 100, la verdad que no era exigencia.


Arlés es la capital de la famosa Provence, la del ajo y el perejil. La tierra de los caballos, donde se filmó Crin Blanca, de Lamorisse. La foto es una postal, que me avergüenza, pero que algo ilustra, ya explicaré.


Cuando uno entra a Arlés, lo primero que ve es la plaza central (la que aparece en Ronin), con su café Van Gogh, tal cual la pintó el mismo. Pero claro, el café no se llamaba entonces Van Gogh.


Arles es una ciudad moderna, con muchos atractivos de todo tipo. Si uno se desvía por una de las tantas rutas que confluyen a y desde la ciudad, se encuentra sobre uno de los tantos recodos del Ródano con el puente levadizo que inmortalizó Van Gogh en Las Lavanderas, donde está todo tal cual: faltan tan solo las lavanderas. Esa escena quise inmortalizarla yo también y al sacar mi poderosa Nikon me encontré con que se me había acabado la película, y que había dejado los rollos vírgenes en el hotel. Entonces Lorena apeló a su humilde maquinita Kodak, que posteriormente le robaron en Torino en el mismo viaje. Así que no inmortalizamos nada. Eso sí: no encontré ningún mirasol. Quizás no era la época.


A unos 30 kmts. de Arlés está Aix-en-Provence, donde residía Cezzane, con quien tantas reyertas tuvo Van Gogh, y de camino se atraviesa un cruce que anuncia: Tarascón (el pueblo de Tartarín) de Alphonse Daudet. Aix, es también una ciudad encantadora, llena de universidades y gente joven. Pero claro, Arlés es otra cosa.


El coliseo lo usan los franceses para hacer corridas de toros incruentas, y con caballos, que es su objeto de culto.


Cerca de Arlés, hay además el famoso castillo de Beau. Parece que era un conde que, aprovechando la circunstancia de que su castillo estaba en la cima de una montaña, y rodeado de fosos protegidos por puentes levadizos, se permitía resistir las exigencias del rey o príncipe de turno. Cansado de sus impertinencias, el monarca resolvió un día hacerlo bolsa, juntó todas sus fuerzas y lo liquidó. Pero lo interesante del castillo de Beau, es que se mantiene tal cual era en la época medieval: con sus puentes levadizos, con sus catapultas, con sus máquinas de guerra. Todo lo que vemos en las películas de la época.


Vale la pena darse una vuelta. Además, de vuelta a Marsella, comienzan los maravillosos 400 kilómetros de la Côte d'Azur con su pléyade de ciudades y playas por todos conocidas, al menos de renombre. Una a veinte o treinta kms. de la otra: Antibes(1), Jean le Pin, Cannes, Niza, Montecarlo, todo en lo que nos toma en ir a Mar del Plata...
(1) Donde le pedí indicaciones a un hombre del pueblo sobre los lugares interesantes para visitar, que me indicó muy amable. Y terminó: "pero no deje, cuando se vaya de la ciudad, de detenerse en aquella parte del camino que sube. Y mire el panorama desde ahí: porque ahí arriba, ¡viven los ricos!". Y así era.

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1 Comentarios:

A la/s 6:08 p. m., Anonymous Anónimo dijo...

Ay... qué hermoso fue ese viaje. Lo tuvo todo. Romance (fuimos con quien luego se convertiría en mi marido), acción y aventura (me robaron), paisajes insuperables, risas (Dios!!! Esa damajuana inolvidable) y terror (la ruta por los Pirineos hacia Italia conmigo al volante)... y siempre, siempre, quedará Arlés. Un besote, papi

 

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