Mascaró


Alea jacta est

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sábado, mayo 05, 2007

Ricardo IV

Por fin, época actual. Ha salido una selecta colección de jazz en fascículos, algunos de los cuales compro (la mayoría los tenía). Estoy escuchando uno, cuando siento algo así como "están tocando nuestra canción". Es uno de esos solos de Parker que nos enloquecían con Ricardo. Y entonces pienso, ¡qué joder! Ya pasó tanto tiempo... ¡Lo voy a llamar! Agarro la guía, encuentro su número, y lo llamo.
Me atiende una mujer (¿su actual señora?) Y me dice que va a estar a las doce, que lo vuelva a llamar. Así hago, y me atiende él, en tono muy cordial, se ve ya avisado de mi llamado. Le explico que escuchando uno de los viejos discos que escuchábamos juntos me acordé muy intensamente de él, y que eso me había movido a llamarlo. Luego entramos en un intercambio de novedades: amigos muertos, sobre todo. Ahí es cuando después de darme el parte, y como una muestra de que su humor permanecía, me dice: "Y nosotros tenemos también que ir pensando en hacer las valijas" (yo para mis adentros contesté: "vos andá haciéndolas, yo ni pienso"). Pero esta vez el tono era distinto, afectuoso, y la conversación se extendió por una media hora más. Nuevamente quedamos en vernos, y entonces me explica que se había terminado de operar de la vesícula, que aún estaba convaleciente y que casi no salía, pero que le dejara mi teléfono, que cuando estuviera mejor me llamaría. No muy convencido, recordando antecedentes anteriores, se lo di, y quedé a la espera. Interiormente me dije que dejaría pasar un mes, y que si no me llamaba lo volvería a hacer yo.
Pasó el mes sin noticias, pensé que era mejor escribirle. Por teléfono uno (y sobre todo en un caso así) se cohibe un poco. Si bien está hablando con el otro, no es face to face. No lo vemos, no vemos sus expresiones, sus reacciones, sus gestos. De algún modo uno se siente un poco inhibido. En cambio, en una carta, nos expresamos con libertad, sin que nos perturbe la presión de los silencios del otro (de hecho, nada nos puede perturbar) y nos haga decir cosas erróneas. Además, en una carta uno tiene todo el tiempo para decir lo que realmente quiere decir, sin apuros, sin presiones, sin silencios, sugestivos o no. Y el otro no tiene más remedio que escucharlas (leerlas).
De hecho, estuve pensando esa carta durante varios días. Le daba vueltas y vueltas. Obviamente, debía ser muy delicada y cuidadosa. Había una herida abierta, y no sé si estaba ya cerrada. Sabía que las dos veces de mis anteriores intentos, seguía abierta. En efecto, ¿qué podía decirme cuando nos encontráramos? Cuando comenzara el ineludible recuento de nuestras vidas, cuando llegáramos al momento de su separación de Susana, ¿qué podría decir?: "¿Tenías razón?"
Convengamos, era un poco duro. No sé si logré del todo mi propósito. O si logré exactamente lo que quería.

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