Mascaró


Alea jacta est

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martes, mayo 01, 2007

Susana I (Ricardo II)

Tanto empecinamiento había de dar sus frutos, y en una de esas salidas conocimos a Susana. La verdad es que a mí Susana no me hizo mover un pelo. No era demasiado linda, no era nada inteligente, o sea que no tenía ningún atractivo... para mí. Porque para mi sorpresa, cuando nos despedimos luego de caminar unas cuadras con ella, Ricardo le pide una oportunidad para volverla a ver; usa para ello un repetido clisé:
-Bueno, espero que esta amistad que ha comenzado tan auspiciosamente no vaya a concluir aquí.
A lo que ella contesta:
-No, si quieren, el miércoles paso a la misma hora por el mismo lugar.
Y yo, prestamente:
-El miércoles no podemos, tenemos Cultural, y Ricardo, más presto aún:
-No importa, yo sí puedo.
Ni hablar que me sentí bien traicionado. La Cultural formaba parte de uno de nuestros ineludibles ritos, que se estaba haciendo a un lado con cruel ligereza.
Ahí comienza una nueva historia, en que íbamos ambos (no olvidar que éramos inseparables) a ver a Susana, y cuando ésta llegaba, yo me iba para casa. O a veces me quedaba un poco, para intercambiar unos chistes más con Ricardo. Otras veces Susana me traía amigas, que como eran tan tontas y superficiales como ella, sólo daban para una salida, y no más. Yo siempre pensando qué le veía Ricardo a Susana, ya que para mí carecía tan obviamente de atractivos. Pero dicen que así es el amor: ciego.
Hasta que un sábado viene Ricardo a verme y me dice que había muerto un primo repentinamente, y que tendría que ir al velatorio, y que como estaba citado con Susana, tenía que hacerle el favor de reemplazarlo, ya que ella no tenía teléfono y no tenía cómo avisarle. Además, como ella inventaba excusas para salir de la casa, tendría que quedarme con ella hasta medianoche.
Que la invitara al cine, o algo así.
Aunque pasarme tres o cuatro horas con Susana no era la mejor idea que tenía yo de cómo pasar un sábado por la noche, todo sea por un amigo, allá fui. Le expliqué todo, y le pregunté adónde quería ir. Como nos habíamos encontrado cerca de un parque, y era una hermosa y cálida noche de verano, me dijo:
-Mirá, no tengo ganas de ir a ningún lado, ¿porqué no nos sentamos en un banco del parque y charlamos?

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