Mascaró


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lunes, abril 30, 2007

Ricardo I

Haroldo y El Enano pertenecen a un período más maduro de mi vida. Pero Marzo ocupó el más inolvidable, el más querido: la adolescencia.
El secundario era mixto. De los rudos machotes de la primaria me veía trasladado a un jardín donde aquí y allá florecían algunas rosas. Aunque no florecían precisamente en mi división, que era toda masculina, pero otras tenían esa suerte de la que en parte participábamos. Así nació mi primer amor, un picnic de primavera, por supuesto, que duró tres años que prefiero olvidar y de los que vino a rescatarme precisamente Marzo.
Pero Marzo, que se llamaba Ricardo, pero que con esa costumbre del colegio que nos llevaba a usar el apellido, siempre fue Marzo -que además era más corto-, merece todo un capítulo aparte.
Marzo, el gran payaso, lúcido crítico musical, degustador ávido de la belleza, gran agudeza e inteligencia, despreciador de los convencionalismos, un cáustico sentido del humor, y un toque de snobismo basado en la necesidad de diferenciarse siempre, fue mi adolescencia.
No fue un caso de amor a primera vista, sin embargo. No tenía ninguna condición de liderazgo ni demasiadas dotes para sobresalir, al menos de modo ostensible. Tardé unos meses en descubrirlo y valorarlo, y nos unía sobre todo el hecho de que vivía en Haedo y yo en Morón (el colegio estaba en Ramos Mejía), lo que nos hacía compartir el tren por una estación.
La espera del tren, estos breves viajes con conversaciones apuradas sobre temas que nunca quedaban agotados, le dieron característica atractiva a la relación. A los tres meses éramos inseparables. Y esa amistad duró todo el secundario y algunos años más. También pensé que sería eterna, pero la rompieron las mujeres. Las suyas y las mías. Pero nos divertimos mucho esos años. Fue una de esas camaraderías de la adolescencia, que llevan su exagerado afán de absorción a los extremos más impensados. A veces bromeábamos con la idea de quien conociera nuestras andanzas nos tomaría por maricones. Que no éramos, aunque sí ascetas. Muy a nuestro pesar, por cierto. En esa época las chicas que a nosotros nos gustaban, no tenían sexo fácilmente con muchachos. Y las que sí accedían, no nos gustaban.
Igual nos divertíamos mucho solos. Del día a la noche. Con programas que incluían paseos en bicicleta por la tarde: uno venía a casa del otro, y al día siguiente a la inversa. Los planes urdidos para la noche motivaban a veces el proceso inverso, “para ponerse el traje”. Cuando, a veces, quedaba una conversación trunca, nos acompañábamos a la casa del que vivía más lejos para terminarla, a veces sentados horas en los escalones de entrada, para que las viejas no nos hinchasen.
Por entonces Marzo tenía una evidente superioridad sobre mí: un combinado. En casa apenas teníamos radio. En ese combinado escuché mis primeros discos de jazz, que tardé bastante en descifrar, y que significaron tanto en muchos momentos difíciles de mi vida. Después a Marzo le compraron un saxofón, con el que empezó a sacar algunas cosas. Nunca llegó muy lejos, pero insisto: la pasábamos bien.
Así llegamos al nuestro último año, que como todos los últimos años de secundario, era joda y se estudiaba poco y nada.
Era una época de gran represión. Estábamos, como todo adolescente entonces, acuciados por el sexo, y dedicábamos gran parte de nuestro tiempo y nuestras energías a levantar chicas. A tal punto que teníamos programados a ese fin tres días a la semana, luego de la salida de la Cultural, donde estudiábamos inglés. Y también sábados y domingos por la noche (por la tarde, aprovechando que mi vieja iba a la quinta visitar a mis abuelos, escuchábamos jazz a todo volumen en mi casa).
Poco más o menos como los adolescentes de ahora: como vemos, en el fondo nada cambia.

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1 Comentarios:

A la/s 4:33 p. m., Anonymous Anónimo dijo...

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