Mascaró


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sábado, abril 21, 2007

Recuerdos de mi padre




MM recuerda con cariño a su padre.
Ojalá pudiera: murió cuando yo tenía 4 años de tuberculosis (Sí, entonces se moría de tuberculosis: ver Boquitas Pintadas).
Yo tengo sólo tres flasbacks de mi padre: el primero es en una estación solitaria y polvorienta de un pueblito de Córdoba, adonde al parecer habíamos ido a buscarlo, y yo yendo a su encuentro para darle un beso, y diciéndole "¡Papá, pareces un pavito!", lo que por supuesto no debe haber entendido, porque ni me pidió explicaciones ni me dejó dárselas y yo lo que había querido decir es que papá había sido siempre muy gordo y con una cara redonda y rellena como la mía, y que ahora estaba muy flaco y del pescuezo antes rollizo y relleno, le colgaban unos pingajos igual que a los pavos (yo para suavizarla dije pavito), y él ofreciéndome como respuesta una pastilla de anís que a mí no me gustaban porque prefiero las de menta, pero que igual acepté por cortesía, porque sabía que estaba muy enfermo y que se podía morir, aunque yo todavía no sabía muy bien qué cosa era realmente la muerte.
La otra es yo con mi tío Beto, que no hay que confundir con mi hermano Beto que es un pelotudo, y que en realidad no se puede confundir, porque a aquél le decimos siempre tiobeto, así, todo junto, y a éste en cambio solo Beto a secas, y a veces ni siquiera eso, simplemente boludo; con mi tío Beto, decía, peinándome en casa de la abuela con un cepillo, lo cual es algo desusado, porque siempre me peinaban con un peine, y me miro al espejo y me encuentro raro con el pelo todo liso como lamido por una vaca y parecido a Gardel. Y tío Beto diciéndome que tengo que ir bien vestido, porque papá ha muerto y lo están velando y ya todos están allá y nos están esperando.
Y luego yo entrando con tio Beto al dormitorio, que ahora no es más dormitorio porque han sacado todos los muebles y se ven un montón de cosas raras y más bien un poco siniestras, y flores y velas por todas partes y en el medio de todo, en una especie de pedestal como si fuera una estatua, un cajón.
Y rodeando al cajón están todos: Mamá, mis tías Margarita y Elena, y cuando llegamos rompen a llorar y Margarita me alza en brazos y me levanta para que vea el cajón y me dice: "dale un beso a tu papá, que no lo vas a ver más" y ahí está el pobre Pablo, bien tieso, bien pálido, bien muerto, y más parecido a un pavito que nunca, un poco irreconocible sin sus anteojos, y la verdad que no siento nada, y todavía no me doy cuenta demasiado bien de qué cosa es la muerte, aunque todo me parece muy natural y no veo para qué tanto barullo. Pero Margarita no se da por satisfecha, e insiste machacona: "tu papá está muerto, Ruben y nunca más lo vas a volver a ver". Entonces yo los miro a todos y me doy cuenta de que están esperando algo de mí. Y como todos lloraban, sentí que yo también tenía que llorar. Y lloré con todas mis fuerzas; con esa facilidad tan característica que tengo para hacerlo cuando quiero, empezando por llorar sin sentirlo y terminando por ir compenetrándome y viviendo la situación, hasta que al final me compenetro del todo y termino llorando con todo, sintiéndolo de veras.
Y entonces veo en todos los rostros como una especie de mirada aliviada, y siento que de algún modo he cumplido con un deber, aunque por supuesto sin saber muy bien de qué se trataba.
Después queda un recuerdo que ya no es propiamente del pobre Pablo sino más bien una secuela, pero que de algún modo le pertenece porque forma parte del gran escenario que se había montado para presenciar su última representación: el velorio en sí. Y la escena es en el comedor, que sigue siendo el comedor, aunque se ha corrido la mesa a una esquina y se han dispuesto montones de sillas, que no sé de dónde salieron -las deben haber pedido prestadas-, porque nosotros no tenemos tantas, todas pegadas a la pared como en los bailes del Club, y donde están sentados mis tíos, los hermanos del pobre Pablo, a quienes vi por última vez esa noche, y contando cuentos verdes y cagándose de risa a carcajadas con el muy hijo de puta de Julian Drochi, gran especialista en la materia, fumando con su inefable boquilla.
Escena que me pareció poco congruente con lo que sucedía allá adentro del dormitorio, pero acá no había nada más que hombres, todos tomando café, anís, y fumando, y la cosa parecía como una especie de repartición de tareas: las mujeres en un lado, llorando, y los hombres en otro, chupando contando cuentos verdes, y riendo.
Y yo que no sé muy bien dónde meterme, porque por un lado soy un pibe, así que los hombres no me dan pelota, excepto para palmearme en la lamida cabeza y decir pobrecito, y las mujeres que me llevan para el dormitorio cada vez que aparece una nueva, para hacerme representar la escena del dolor en la que a esta altura del partido ya estoy bastante ducho.
Y eso es todo en cuanto al pobre Pablo, excepto por unos cuantos libros que me dejó, y que de algún modo me dicen algo de él, aunque no mucho. Uno se llama Escándalos Romanos y otro Escuela de Placeres, de los cuales no diré mucho ahora, porque no es el momento, otro libro era un libro de poesías, escrito por un ilustre desconocido, pero dedicado por el ilustre desconocido a “mi querido amigo Pablo Laporte”. Y además está El Quijote de la Mancha, que el turro de Beto no me deja leer porque dice que soy muy chico y que no lo voy a entender. Y yo le pregunto cuándo voy a ser lo bastante grande para leerlo y me dice que cuando esté en la secundaria, y entonces cada vez que me ve con el Quijote me lo saca con el mismo cuento de que no lo voy a entender pero yo igual lo voy leyendo cuando él no está, y lo entiendo todo, pero a veces me entusiasmo demasiado y me agarra leyéndolo cuando llega y vuelta a que no lo voy a entender. El muy boludo, a mí con el Quijote, cuando ya me sé de memoria Escándalos Romanos y Escuela de Placeres, que están en la parte de arriba, en los cajoncitos de la biblioteca, pero cerrados con llave que yo sé dónde está escondida y la agarro cuando no hay nadie en casa y me los devoro. En cuanto al libro de poesías, nunca pude pasar de la primera. Todo lo que recuerdo es que se llamaba Rosas de Cerco, y que todavía debe andar por ahí, amontonado entre el montón de porquerías que guarda la vieja bajo el rótulo de “recuerdos del pobre Pablo”.
Y esto es todo lo que recuerdo de mi padre. Lo confieso con dolor. ¡Lo he buscado tanto, tantas veces!

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2 Comentarios:

A la/s 1:38 p. m., Blogger cronista sentimental dijo...

qué lindas fotos que guardás, crab.

 
A la/s 10:51 a. m., Blogger Crab dijo...

Tengo cuatro generaciones de la familia. Parte me las legó mi tía Margarita, todo un paradigma de tía, que figura en el relato, y que lloraba más a mi papá que mi mamá.
El resto las fui tomando yo, siguiendo la tradición.

 

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