Mascaró


Alea jacta est

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martes, abril 10, 2007

Modesta guía para una plácida lectura


Me gustan los escritores que dicen cosas, pero además cómo las dicen. Admiro a quien sea capaz de decir de un acto sexual "trabajábamos silenciosamente en la oscuridad como dos sepultureros maníacos" (H. Miller), o del simple budín de pan que servían en el Colegio: "que sólo comían los de primer año, que no tenían criterio formado" (J. Salinger), o cuando Kerouac dice que al protagonista "lo invade la andrajosa melancolía del envejecer".

Los clásicos griegos y latinos tenían de eso a montones, por eso son siempre lectura inspiradora. Todos tenemos siempre pesentes el "atrapa el día" de Horacio, o el "abeja, haces la miel, no para ti, sino para los otros", de Hesíodo. En Hamlet, otra cantera, "palabras, palabras, palabras," conque éste contesta la pregunta acerca de lo que está leyendo, o el "hay más cosas en la tierra y el cielo, Horacio, de las que abarca tu filosofía", o el astuto "hay algo de sistema en su locura", de Polonio.

Pero los poetas son, por definición, quienes se llevan la palma. Comienzo con Vallejo, uno de mis favoritos: "Aquí yace César Vallejo/Le pegaban todos/le daban duro con un palo/y duro también con una soga/sin que él les haga nada,/testigos son los días jueves/y los huesos húmeros, /la soledad, la lluvia y los caminos". O Lorca, tan denostado por Borges: "Sus muslos se me escapaban como pececillos sorprendidos". O Neruda, con su muy conocido "podría escribir los versos más tristes esta noche", que sigue más tarde "corto es el amor, y largo es el olvido", o su "me gusta cuando callas, cuando estás ausente".

Hablar de Borges, gran poeta, llevaría varios blogs (sí: no varios post). ¿Quién no recuerda el tantas veces citado "A mí se me hace cuento que empezó Buenos Aires. Lo juzgo tan eterna como el agua y el viento". En Borges ensamblan forma y contenido, tan intenso éste que hace que su poesía, de no fácil comprensión, no sea tan popular como sus cuentos (aunque estos también tienen lo suyo).

Para mañana prometo una selección de versos de un libro maraviloso, escrito por Henry Brémond, editado en 1947 por la Editorial Argos, y traducido por Julio Cortázar, cuando nadie lo conocía. Era el tiempo de las grandes editoriales argentinas, con sus excelentes traductores, que hicieron famoso a nuestro país en latinoamérica y en España.

Las citas de arriba, corresponden a viejos libros argentinos editados en ese período. Si se los lee en traducciones españolas, aparte de los coños y gilipollas de rigor, no se encontrará ninguna de las sutilezas citadas.

Hoy las editoriales, en la búsqueda de exprimir a sus trabajadores, pagan a precio de hambre al traductor. Claro, siempre hay gente joven deseosa de iniciarse en la tarea, que estaría dispuesta a trabajar hasta gratis. En tanto, los buenos traductores, se niegan a trabajar por una miseria (el equivalente a lo que gana por hora la señora que nos hace la limpieza). Los resultados son los señalados, con la desventaja que nos hace odiar o menospreciar a ciertos autores que en su idioma original escriben muy bien.

Un consejo: aprender idiomas, o comprar en Parques Centenario o Rivadavia, las viejas ediciones de Losada, Austral, Sudamericana. Todo lo editado hasta el '60, después las compraron los gallegos...

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