Mascaró


Alea jacta est

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viernes, octubre 12, 2007

Lo que debiéramos modificar en nosotros

Crab siempre fue un convencido de que la cortesía es la mejor manera de conseguir las cosas. Y además nos cuesta menos desgaste que enojarnos. Es siempre negocio.
Por ejemplo, todo el mundo habla de que los parisienses (¿o parisinos?) son descorteses. Crab, precedía siempre su pedido de indicaciones, con un "¿sería usted tan amable?" o alguna fórmula parecida, que los franceses tienen muchas. La respuesta era invariablemente cortés y educada: nadie (ni siquiera los parisinos) es indiferente a la cortesía. Lo que pasa es que están podridos de la mala educación y la prepotencia de los gringos, y claro, están muy a la defensiva.
La experiencia vale también acá. Crab saluda siempre a los conductores de ómnibus (que a veces lo miran con mirada llena de asombro, pero que invariablemente contestan el saludo, aunque sea con un "buenas"), a los cajeros del banco (con los cuales, como son ya conocidos, se intercambian ahora frases de cortesía, como "buen fin de semana", o ¿"cómo pasaste el fin de semana"?, que nos ayudan a pasar mejor el día). Y a los cuales -si bien este es un valor agregado- ya se les pueden pedir favores especiales, como dejarles el depósito para que lo procesen al cierre de horario y venirlo a buscar mañana.
Pero hay otros aspectos. La suciedad, a la que todos contribuimos. La primera vez que fui a Río quedé asombrado de la cantidad de basura que había por todos lados. Con una agravante: muchos eran residuos de los jugos a los que los cariocas son tan afectos, o sea, cáscaras y pulpas de frutas, lo que unido al calor ambiente, formaban un olor permanente a descomposiciòn que resultaba poco grato. Eso ha mejorado ahora. Hay una conciencia en la gente de que debe contribuir para mejorar la limpieza de la ciudad, y todos se esmeran en ello. Resultado: Río es ahora más limpia que Buenos Aires, donde todos tiran lo que ya no les sirve en cualquier parte, no importa que haya recipientes ad-hoc.
No hablemos de las ciudades europeas. Ahí hasta los nuevos ciudadanos, procedentes en general de pueblos árabes o africanos, se dan cuenta de que las cosas son diferentes, y es muy grato ver cómo siguen también las reglas establecidas. Es lo que se llama educaciòn, pero en este caso por el ejemplo, que es la mejor forma de educar. Cuando vemos que los demás, todos los demás, proceden mejor que nosotros, y que ello da por resultado una mejoría en la calidad de vida, lo imitamos.
Acá, una incitación a un ciudadanos a proceder como se debe, es en general un motivo de pelea. Crab, que es por naturaleza un peleador, no rehuye el desafío, pero admitamos que eso reduce nuestro promedio de vida (por la mala sangre que nos hacemos).
Crab también fue educado por el ejemplo. Estaba casado con una mujer descendiente de suizos, que fumaba por la calle, pero que para no tirar la ceniza al piso, llevaba una cajita para recojerla (una especie de cenicero ambulante, digamos). Ni hablar, por ejemplo, de tirar el pucho al suelo. Menos aún la etiqueta vacía. Bueno, admitamos que esto es exagerar las cosas, pero gracias a ello, los hijos de Crab mantienen todos limpita la ciudad, y así harán con seguridad los nietos. Son tradiciones que difícilmente se pierden.
Mañana la seguimos.

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