Mascaró


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domingo, junio 10, 2007

Che gélida mattina

Dedicado, una vez más, a MM.
MM cuenta en uno de sus posts, que recién pude leer hora, de regreso de Córdoba, que su padre le calentaba las manos y le cantaba che gélida mattina. La verdad, su relato me llenó de una sana envidia (si es que existe tal cosa). Pensé en mi padre, que murió cuando tenía poco más de cuatro años, y que nunca me calentó las manos ni, menos aún, me cantó che gélida mattina.
Recordé también que a su muerte, nuestro hogar, típico hogar de clase media de pueblo suburbano, de buen pasar, con sus vacaciones anuales (que entonces no eran joda, ojo), comenzó a experimentar cambios, todos para mal. Mi hermano dejó su secundario y tuvo que comenzar a trabajar, y yo con grandes sacrificios de todos pude terminar con culpas el secundario. Recordé que mi primer ópera, o sea mi primer visita al Colón, la hice a los quince años precisamente gracias a ese secundario, y a que nuestro profesor de Contabilidad era administrador del Colón y nos regalaba entradas. Entonces, el Colón era un lujo al que la gente humilde no podía acceder.
Y pensé qué hubiera sido de mí si mi padre hubiese calentado mis manos y cantado che gélida mattina. Pensé en ese gran living comedor -mi hermano ya casado-, de la casa que compartíamos con mi madre, yo sentado en la gran mesa leyendo o estudiando (más lo primero) y mi madre, que era modista, dale y dale con la Singer (que no era a pedal, eso sí, tampoco vamos recurrir al tango). Y en cómo todo ese ruido, y toda la cháchara de la vieja que como toda mujer no podía nunca quedarse callada demasiado tiempo, me impedían estudiar, o por lo menos me deparaban la excusa necesaria para no hacerlo.
Y pensé en qué hubiera sido de mí si mi papá hubiera vivido aunque fuera unos añitos más. Tanto añoré su ausencia todos estos años. Tanto que cuando fue mi turno de tener hijos, mi obsesión era permanecer vivo por lo menos hasta que tuvieran doce años, que juzgaba una edad adecuada para que quedaran huérfanos, si es que la hay. Y como eso a la vez era una especie de seguro de vida, seguí teniendo hijos, que ya pasaron los cuarenta y comienzan a pensar que ya he vivido bastante. Y a propósito de todos esos planteos de "qué hubiera sido de mí si...", recordé dos anécdotas.
Que me gustaría contarles. Bah, que les voy a contar, para algo el blog es de Crab.
Y como dicen los folkloristas: ahí va la primera:
En un tiempo, hacía correcciones para una famosa editorial de derecho (hoy australiana, por supuesto). Los tratadistas de derecho, salvo excepciones, saben de derecho, pero escriben mal: faltas de sintaxis, dan a las palabras sentidos equivocados, y hasta cometen faltas de ortografía. Es delicado corregirlos. En primer lugar, porque a nadie le gusta que le enmienden la plana. En segundo, porque ellos se dicen: "pero yo soy famoso, ¿qué títulos tiene este tipo para venir a señalarme errores?". Por lo tanto, hay que emplear sutiles maneras para persuadirlos. Finalmente, reconocen nuestro empeño porque el trabajo quede mejor y quedan agradecidos. Así, terminábamos amigos. Con algunos, muy amigos. Era el caso de un tratadista que vivía en una mansión en el barrio de Flores, que como todo parroquiano de Flores, vivía enamorado de su barrio y le dedicaba sus libros. Además, escribía poesía, buena poesía, y todavía atesoro (porque Crab es un sentimental) uno de sus libros dedicado.
Un día, trabajábamos en uno de sus tratados (para hacerlo tranquilos me invitaba a su casa) en la gran biblioteca con todas las paredes cubiertas de libros, y con amplios ventanales que daban a un exquisito jardín, diseñado evidentemente por un paisajista. Yo, entonces ya casado y que cada vez que intentaba escribir algo tenía que hacerlo rodeado por mis dos hijas y todo el quilombo que hacían, sin contar a mi mujer reemplazando con su cháchara a mi mamá, al ver el hermoso paisaje no pude menos que exclamar: "¡Ah, qué gracia, así cualquiera escribe!". A lo que mi amigo, agudo repentista en sus respuestas, contestó: "Qué vivo, según tu criterio, todos los Anchorena serían Shakespeares". Así que ya vemos, a pesar de Ortega, no necesariamente las circunstancias nos determinan.
La otra anécdota es de Marrone (de todos podemos aprender) y es uno de sus chistes, que juzgo da para pensar.
Contaba que un ayudante de portero, cuando el portero titular se jubila, se postula para reemplazarlo. Pero era analfabeto, y la reglamentación indicaba que para aspirar al puesto debía tener al menos estudios primarios, así que no accedió.
Su fracaso, en lugar de causa de frustración, fue un poderoso estímulo. Se orientó a actividades comerciales, y como era activo y emprendedor, fue progresando y se convirtió en un exitoso y poderoso empresario. Como siempre recordaba con nostalgia el colegio, y ahora era poderoso económicamente, donó una escuela para su pueblo. En la inauguración, el intendente pronunció un discurso, y entre otras cosas dijo: "y pensar que este generoso y acaudalado hijo de nuestro pueblo, ha llegado a ocupar el lugar de preeminencia que ocupa siendo analfabeto. Pienso qué hubiera llegado a ser si hubiera podido terminar sus estudios". Y el ahora empresario, a pocos metros, no pudo sino interrumpirlo: "¡Portero de escuela!".
Así que ya vemos. MM es la maravillosa personalidad que es, gracias a algo más que la gélida mattina, y Crab no, gracias también precisamente a sí mismo y a lo que hizo (o dejó de hacer) con su vida. Nada de excusas.

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2 Comentarios:

A la/s 4:55 p. m., Blogger ememe dijo...

Perdón, Crab, pero es "che gelida mannina" (qué manito fría, no qué mañana fría). Tendrías que ver un día La Boheme para entender el romanticismo de lo que traté de contar.
Cuando yo era chica éramos pobrísimos también. Pero mi papá ahorraba durante dos o tres meses y nos llevaba (una vez a mi hermano y otra a mí) al Colón, al gallinero. Era gracioso porque nos tenía convencidos de que ahí iban los que entendían de música. Todas las otras localidades eran para "los nuevos ricos, que son todos sordos"

 
A la/s 9:59 a. m., Blogger Crab dijo...

Gracias por la aclaración. Nunca vi La Boheme. Soy gran aficionado a la música, y quizá también un poco conocedor, pero la ópera no está dentro de mis preferencias. Sí la he escuchado, como a tantas otras (no se puede desdeñar sin conocer). Me gusta de la ópera Mozart, Debussy, y (shame of you) Wagner, pero casi ningún bellcantista.
Mi pobre italiano me hacía pensar que era mattina, y que habías cometido un error de tipeo.
Lo que decís de tu padre confirmna lo que pienso del mío: quizás si hubiera estado, me hubiera llevado también (aunque no al paraíso: era un poco ostentoso, según me han contado).
Y, al parecer, lo de que el paraíso tiene la mejor acústica, no es una leyenda creada por los que no pueden acceder a lugares mejores. Me lo ha dicho mucha gente que sabe.

 

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