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miércoles, agosto 20, 2008

El hijo oculto de Videla

Esta es una historia que no todos conocen (Crab, al menos, no tenía ni idea). Fue publicada hace mucho en Página.

En los sesenta, una década antes de imponer "la desaparición forzada de personas", Jorge Rafael Videla internó a uno de sus siete hijos en la Colonia Montes de Oca de Torres, un establecimiento para enfermos mentales de tétrica fama, donde en los últimos 20 años han muerto o "desaparecido" en condiciones sospechosas más de tres mil pacientes. El muchacho, Alejandro Videla, diagnosticado como "oligofrénico profundo y epiléptico", vivió largos años en la llamada "Casa de los Locos" y murió muy joven en ese inframundo, donde también se esfumó para siempre -hace trece años- la médica Cecilia Giubileo.
Videla y su esposa, Alicia Raquel Hartridge, mantuvieron un secreto público absoluto en torno a ese hijo oculto a 80 kilómetros de la Capital, que atravesó la adolescencia con la conciencia cada vez más nebulosa de un niño de cinco años, en pabellones desalmados donde las baldosas están siempre mojadas y los internos, librados a sí mismos, deambulan desnudos, entre orines y excrementos, llamando a las madres que los abandonaron en ese depósito de carne sin destino. A lo largo de los últimos 10 años se han escrito cientos de notas sobre los horrores del "loquero" cercano a Luján, pero ni una línea sobre el hijo de Videla. El terrible secreto, que trae a la memoria los folletines de Victor Hugo y Eugenio Sué, comenzó a ser perforado cuando llegó a manos de este cronista una carta, fechada el 24 de junio de 1977 y dirigida a "Su Excelencia el Señor Comandante en Jefe del Ejército. Teniente General D. Jorge Rafael Videla", donde podía leerse un párrafo muy extraño: "Mi General, apelo a sus sentimientos humanos y cristianos y en memoria de ese hijo suyo que tenía internado en la Colonia Montes de Oca de Torres, para que me dé una información sobre el paradero de mi hija Angélica".
La carta estaba firmada por el suboficial mayor (retirado) Santiago Sabino Cañas, cuya hija María Angélica, de 20 años, había sido secuestrada dos meses antes en la ciudad de La Plata. Cañas, que había trabajado en la administración de la Colonia Montes de Oca, tardó dos años en ser recibido por Videla y cuando por fin lo vio, y lloraron juntos, ya era tarde: el "querido Ejército", comandado por Videla, había avanzado sobre sus otros hijos, hasta dejarlo sin familia. Investigando "el caso Cañas" Página/12 desembocó en la historia oculta de los Videla. En la investigación -que continúa- colaboraron casi treinta personas, entre voluntarios y testigos de La Plata, Mercedes, Luján, el pueblo de Torres y la propia Colonia. La mayoría no quiere ser mencionada. Y algunos, incluso, temen ser indirectamente identificados.

La casa de los muertos
Como muchos proyectos argentinos, la Colonia Montes de Oca para enfermos mentales empezó como una bella utopía y acabó en la crónica roja. Fue fundada en 1915 por el profesor Domingo Cabred con una concepción de avanzada: ubicar a los pacientes (especialmente oligofrénicos) en un ámbito natural hermoso donde pudieran realizar inclusive algunas tareas rurales muy sencillas y asi resocializarse.
La Colonia fue establecida en un predio generosamente arbolado de 240 hectáreas, ubicado en las afueras del pequeño pueblo de Torres, a 12 kilómetros de Luján. Allí se alzó el elegante edificio victoriano de la dirección y doce amplios pabellones que debían albergar a unos mil a mil doscientos internos. Medio siglo más tarde algunos techos se habían caído, como los azulejos de baños y cocinas. Por las noches reinaba una tiniebla atravesada de gritos y llantos aniñados; en los veranos el hedor era insufrible y en los inviernos, sin calefacción, el frío entraba por las ventanas rotas. Dos personas, por turno, debían atender a 100 enfermos por cada pabellón.
La comida fue empeorando con los años y varios enfermos murieron de inanición. Aunque a uno de ellos, piadosamente, le pusieran en el certificado de defunción que había sido a causa de un cáncer. En los setenta la Colonia era, según la gráfica descripción de su interventor actual Alberto Desouches, "un depósito de cadáveres".
En los ochenta y en los noventa la "Casa de los Locos" fue intervenida por la autoridad administrativa e investigada por la justicia. No solo había abandono de los pacientes sino denuncias sobre tráfico de órganos y de bebés, violación de menores, asesinatos disfrazados de muertes naturales y un eterno despojo de un presupuesto que hoy alcanza a la respetable suma de 35 millones de pesos anuales. Cada año la Colonia vomitaba casi cien cuerpos, muchos de ellos con el rótulo NN, al cementerio de Luján. Pero cada año, también, aparecían cadáveres en el campo, en las cloacas o en una ciénaga pestilente, que ocupa 20 hectáreas.

"Un chico rubiecito"
A fines de los sesenta, cuando Videla y su mujer internaron a su hijo Alejandro, la Colonia no había llegado aún a esas cotas de horror. La gobernaba un interventor militar, un coronel médico de apellido Vergara, que para algunos antiguos empleados, hoy jubilados, fue de uno de los mejores directores que pasaron por el establecimiento. Sin embargo, todas las personas consultadas por Página/12 (profesionales y empleados de la Colonia Montes de Oca) coincidieron en un mismo sentimiento: ninguno hubiera dejado en semejante lugar a un hijo suyo por grave que fuera su patología. "Los enfermos que van allí -dijo un antiguo empleado ya jubilado- suelen ser gente muy pobre, que la familia abandona. En cambio Videla, que ya era coronel o general, ganaría un sueldo lo suficientemente holgado como para tenerlo mejor."
Un psiquiatra que entró al lugar en los setenta y ya no trabaja más en la Colonia, fue más a fondo: "Imagínese el frío, las mesas y sillas de mármol desechos como en el Hotel de Inmigrantes, los internos que no controlan los esfínteres. El chico de Videla no estaba en ningun lugar privilegiado, sino en el Pabellón número 7, el de los oligofrénicos profundos, que de día y de noche suelen vagan por los campos hasta que cada tanto alguno se cae en un pozo o en la laguna y se ahoga. En la Colonia, el chico de Videla estaba como uno más. Democráticamente. Y mire que paradoja: tal vez la única vez en que Videla fue democrático fue para mandar a su hijo a un manicomio".
Un viejo empleado, que trata de defender "la imagen de la Colonia" en la que trabajó durante tres décadas, recuerda que el muchacho ("que tendría unos quince a diecisiete años cuando fue internado") era "rubiecito, a diferencia de su padre".
Los recuerdos se dividen, en cambio, a la hora de puntualizar si los dos padres visitaban a su hijo. Todas las fuentes consultadas aseguran que el militar, que todavía no era comandante en jefe ni dictador, concurría a un par de veces por mes. Iba los domingos, que es cuando hay menos personal y siempre de civil. Algunos dicen que lo hacía en un Renault 4 L blanco. Dos fuentes de la época aseguraron a Página/12 que la madre, Alicia Hartridge, no visitó nunca al hijo escondido. Otra declaró, en cambio, que ella lo iba a buscar al pabellón y lo llevaba hasta el auto, donde lo estaba esperando su padre. Una persona, que brindó valiosos datos, pero todavía teme a las represalias de los militares y no quiso ser identificada, hizo esta reflexión: "Yo no sé si no es peor que fueran a visitarlo a que no fueran. Porque veían donde lo dejaban y sin embargo ponían la primera y se iban, sin él".

El hijo escondido
El viernes último, cuando este diario le pidió al interventor de la Colonia que abriera los registros para verificar los datos de ingreso y egreso por fallecimiento de Alejandro Videla, el doctor Desouches señaló que ya estaba cerrado el archivo (había pasado el horario reglamentario de las 14 horas), pero que con todo gusto los daría la semana entrante, cuando estuviera presente la persona a cargo, que es un veterano de la institución. Esta persona, a la que el interventor consultó por teléfono, creyó recordar que el joven "de unos 19 o veinte años" habría muerto en 1970. Ese año el entonces coronel Jorge Rafael Videla fue designado jefe de operaciones del Tercer Cuerpo de Ejército con sede en Córdoba. Seis años más tarde, ascendido a teniente general, daba el golpe más sangriento de la historia argentina.
Si el dato del fallecimiento es correcto, sorprende encontrar en algunas biografías oficiales distribuidos a la prensa en tiempos de la dictadura la siguiente mención familiar, en tiempo presente: "casado con Alicia Raquel Hartridge, tiene siete hijos". Más elocuente todavía, en el escamoteo del hijo muerto en la "Casa de los locos", fueron algunas revistas de la época, como Para Ti, que trabajaba orgánicamente con los servicios militares y, en febrero de 1979, publicó una cover story titulada "Jorge Rafael Videla en familia", profusamente ilustrada con fotos de hijos y nietos, todos muy felices, en un lugar tan distinto a Montes de Oca como puede serlo la residencia de Olivos. En la parte titulada "El esposo" se dice que los Videla se casaron el 7 de abril de 1948 y "luego llegaron los siete hijos y treinta años de matrimonio". Sugestivamente, en las fotos donde aparece la familia reunida, los epígrafes hablan de "los hijos", como si estuvieran todos (es decir los siete de que se habla), pero sólo identifican a cinco de ellos. En ningun lado se habla de un hijo ya fallecido. Tal vez porque nunca vivió. Y sería, como lo graficó una enfermera, "el único inocente, pobrecito".
Ha sido tan hondo el misterio que guardó su corta existencia que aún cuesta encontrarlo en la muerte. Página/12 hizo un recorrido por el cementerio de Mercedes, donde según algunas fuentes estaría enterrado, y no figuraba en los registros. En cambio pudo recoger toda clase de versiones que, en algunos casos, llegaron a la exageración de la leyenda: "Dicen -comentó un mercedino- que está enterrado en la quinta de los Videla".

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