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jueves, agosto 21, 2008

El hijo oculto de los Videla II

La tragedia de los Cañas

En los setenta, el suboficial mayor Santiago Sabino Cañas se retiró del Ejército y entró a trabajar en el Instituto Nacional de salud Mental. Primero en el Borda y luego en la Montes de Oca, donde hacía tareas como gestor en la administración. Generalmente viajaba a Luján y a Buenos Aires para ocuparse de ir al banco y de los trámites oficiales. Era un hombre reservado, que no solía meterse en chismes, pero igual se enteró del gran secreto de los Videla y guardó silencio. Inclusive con su segunda esposa, que lo ayudaba en los trámites de gestoría.
Cañas era radical, pero toda su familia era peronista y muy activa. Su primera mujer, María Angelica Blanca, era un referente del Partido Peronista Auténtico y sus hijos militaban en la UES y en la JP que respondía a la conducción de Montoneros. Todos ellos en La Plata, que era un volcán de activismo y represión.
El 15 de abril de 1977 Cañas recibió el primero de los golpes que lo llevaría a la depresión, el cáncer y la muerte en 1990: su hija María Angélica, de 20 años, era secuestrada en las calles de la Plata. Aparentemente por un grupo de ese Ejército al que había pertenecido durante tres décadas. Como tantos otros padres comenzó a recorrer el calvario de los hospitales, las morgues, los recursos de habeas corpus y los pedidos de audiencia a generales y obispos. Y como tantos padres se fue desesperando al ver que su hija no aparecía. Entonces se animó y le mandó la carta a Videla que se cita al comienzo de la nota anterior. En la que no cuesta percibir su fe, aún intacta, en el Ejército y en su Comandante en Jefe. Incluso se allana a la posibilidad de que su hija sea juzgada, "si correspondiera". Sólo quiere conocer "su paradero". El mismo candor, o una suerte de temeraria malicia, lo llevan entonces a jugar una carta pesada y recordarle al dictador lo que este, seguramente, no quería que nadie le recordara: "Mi General, apelo a sus sentimientos humanos y cristianos y en memoria de ese hijo suyo que tenía internado en la Colonia Montes de Oca de Torres, para que me de una información sobre el paradero de mi hija Angélica".
Videla no le concede la entrevista, nadie le informa el paradero de su hija, pero en la Casa Rosada acusan recibo de la solicitada.
En agosto, la tragedia se termina de desatar, arrasando al suboficial. El dos de agosto desaparece su otro hijo Santiago Enrique de 26 años y a las ocho de la noche del día siguiente, un nutrido grupo del Ejército llega a la casa de su primera esposa, María Angélica Blanca, y acribilla las paredes con balazos de FAL. Adentro, está la mujer de 62 años ("docente jubilada"), con su hija María del Carmen Cañas, de 23 años, embarazada de tres meses y dos criaturas menores de dos años, sobrinos de la mujer de Cañas. Valiente, la matrona empieza a gritar que se lleven a las criaturas y logra que la patota deje de disparar. Entonces sale de la casa y les entrega los chicos. Pero en vez de entregarse ella también, da la vuelta y regresa hacia el interior de la vivienda, donde la espera su hija. Está desarmada y ha pedido tregua, pero le disparan por la espalda y le destrozan la cabeza. Luego entran a la vivienda y acribillan a la hija. Una crónica típica de la época, publicada por El Día de La Plata, convertirá el asesinato en el clásico "tiroteo con extremistas", donde un cronista ligero creerá haber visto bajas de los dos bandos. Y no las actas donde el médico forense Héctor Luchetti constata "destrucción de masa encefálica por heridas de proyectiles de arma de fuego".
Por si fuera poco, Martín, otro hijo de Cañas que hoy es el único sobreviviente de la familia, también es secuestrado. Al suboficial sólo le queda en libertad Guillermo, que se salvará de la represión para morir años después. Ya no por la represión, pero tal vez por sus consecuencias. Martín, en cambio, logrará emerger del infierno y huir a México, apoyado por la solidaridad de una amiga de su padre.
El suboficial dirige entonces una nueva carta a Videla donde le recuerda que le envió la "pieza certificada No. 1925", que el aviso de retorno obra en su poder y que, hasta la fecha, no ha obtenido "respuesta alguna". La tragedia se resume en párrafos secos, formales, corteses al modo castrense: "Mi General, paso ahora a informarle de las novedades ocurridas desde mi pedido de clemencia". "Con fecha 02AGO77 desaparece mi hijo SANTIAGO ENRIQUE de 26 años de edad, con documento de identidad ,etc." . El día 03AGO77, aproximadamente a las 20.00 horas son asesinadas mi esposa, MARIA ANGELICA BLANCA de 62 años y mi hija MARIA DEL CARMEN CAÑAS de VALIENTE, de 23 años y embarazada de tres meses, las cuales se encontraban solas en el domicilio con dos criaturas de menos de dos años de edad". Y concluye: "Mi General, como corolario de lo expresado, solicito a S.E. me conceda audiencia a efectos de interiorizarlo de mi desesperada situación".
Su Excelencia no lo recibe en todo ese año, ni en el siguiente.

Las lágrimas de Videla
Martin Cañas denuncia los asesinatos en el Estado mayor del Ejército. No pasa nada. Se dirige al arzobispo de la ciudad de La Plata, Antonio Plaza y tampoco obtiene ninguna respuesta. El comandante del primer cuerpo de Ejército, Carlos Guillermo Suárez Mason, le concede formalmente la entrevista pero luego no lo recibe. Tampoco lo hacen el jefe del Regimiento 7 de la Plata, ni el jefe de la policía de la provincia de Buenos Aires, ese general Ramón Camps, que se jactará de haber mandado a la muerte a "cinco mil subversivos".
Por alguna razón que se llevó a la tumba, Camps elude al suboficial y manda en su representación al coronel Salcerini.
En marzo del 78 reitera infructuosamente el pedido de audiencia al hombre en cuyos sentimientos de padre y cristiano había confiado. Silencio.
Los pedidos se multiplican y se reiteran. Hay varios al ministro del Interior, Albano Harguindeguy, al Jefe de la Décima Brigada de Infantería, al comandante del Regimiento 7, cuyos efectivos lo han dejado sin familia.
El 13 de junio del 78 vuelve a pedirle audiencia a Videla que finalmente lo recibe dos días más tarde.
La audiencia dura 40 minutos y este cronista la conoce a través de dos fuentes: Martín Cañas que vive en México. Y la amiga de La Plata, que logró sacarlo del país cuando salió, a sus veinte años, del centro de reclusión clandestino en el que casi queda enterrado para siempre.
Dura unos cuarenta minutos y es fácil imaginar todos los formalismos y rigideces que la entorpecieron. Como la hipocresía y el temor del dictador todopoderoso frente a ese "zumbo" que tenía enfrente suyo. Ese suboficial radical que, a pesar de las evidencias, seguía "amando a la Institución" aunque ya no a todos sus integrantes.
Trabado, molesto, torpe, con breves tosecitas, tratando de parecer solidario con el subalterno como cuadra a un buen jefe, el comandante en jefe del Ejército le da la misma explicación que luego reiterará ante los padres de otras víctimas y que han labrado su fama de pusilánime. Que ha cultivado siempre para tapar la de hipócrita que algunos intelectos más agudos le adivinan.
Las excusas se van desgranando: "Hay veces en que yo no puedo hacer nada. hay cosas que escapan a mi control". Dice el jefe del ejército, olvidando el principio básico de la responsabilidad de comando. "Hay excesos", recita. Hay excesos, claro. tal vez es excesivo que a Cañas le hayan matado a tiros la mujer y una hija y le hayan secuestrado a otros tres hijos. Que a él mismo lo venga siguiendo casi todos los días de su vida, un coche Falcon.
Cañas tiene un nudo en la garganta y por alguna extraña razón, para provocar al dictador o para establecer un terrible lazo con él, le recuerda los días de la Colonia Montes de Oca y un favor que él le hizo a Videla. Una historia de la que sólo se sabe el título porque el suboficial se la llevó a la tumba. Entonces ocurre lo imprevisto: Cañas llora y Videla llora. Los dos lloran por sus respectivos hijos. Durante unos segundos hay una emoción confusa, hasta casi podría decirse perversa por parte de ese victimario que llora al hijo enterrado en vida en la Colonia Montes de Oca y el padre humilde que está allí para pedir que le devuelvan algo de esos otros hijos a los que él no abandonó. Aunque sea el dato de donde están enterrados. Y tal vez intuye que una misma lógica anuda a ese hijo del general que vagaba entre espectros, tapándose con las sábanas de la soledad en las noches de espanto del pabellón, con el destino ignoto de María Angélica y Santiago.
Sale de la audiencia presidencial y un ayudante severo lo acerca al ministerio del Interior, donde el general Harguindeguy, le promete la información que nunca llegará y él musita que ahora a su hijo más chico, Martín, lo tiene lejos. Algun cretino le dice que venga al país, que "no hay poblema". Pero el subsecretario del Interior, el actual diputado Ruiz Palacios, lo saca al patio de las palmeras y le aconseja: "Mire, mejor que se quede en México, en este país no hay seguridad para nadie".

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