Mascaró


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sábado, marzo 15, 2008

El ¡Pum! de la cultura

La noticia, en la Folha de Sao Paulo del 28 de febrero era pequeña, pero llamativa: una empleada, despedida "por excederse en flatulencia" de su lugar de trabajo, triunfó en la demanda judicial interpuesta en la Sala 4a. del Tribunal Regional de Trabajo de San Pablo. Loa magistrados decidieron en favor de la readmisión de la empleada y el pago de 10.000.- Reales por daños morales.
Detrás de este curioso episodio hay una larga historia, basado en una función fisiológica absolutamente normal, pero no por eso menos perturbadora. La flatulencia es la emisión de gases intestinales, una cosa que podría paasar inadvertida, como la respiración.
Pero ésta no es en general ruidosa -a no ser cuando la persona ronca, lo que suele ser causa de conflictos entre marido y mujer- y es inodora, salvo cuando se tiene mal aliento, lo que suele resultar en situaciones embarazosas. En el flato existe en cambio una mezcla compleja de gases, algunos de los cuales, los componentes sulfurosos, producen aquel característico olor que hace milenios ofende las narices.
¡Ah, sí!, está también el ruido. La última línea de El Infierno, de Dante, dice: "Y él había hecho del culo una trompeta/Y usó el trasero como trompeta" lo que puede parecer una exageración, pero traduce la indignación de las personas.
No sólo Dante se entregó al ejercicio de esa forma de escatología literaria. En la clásica comedia Las Nubes, de Aristófanes, célebre por su irreverencia, hay un diálogo en el cual Sócrates sostiene que, cuando las nubes colisionan, se produce un fuerte ruido, o sea, el trueno.
Para explicar el fenómeno, las compara con el hombre que, cuando ha comido mucho, produce gases. Y pregunta: ¿Si el vientre humano, que es relativamente pequeño, hace tanto barullo, como no habrián de hacerlo las nubes, que son mucho más grandes?
Falta grave
En las Mil y una noches, leemos la historia de un hombre que, al haber soltado gases durante la ceremonia de su propio casamiento, no ve otra solución sino huir al exterior. En Gargantúa y Pantagruel, Rabelais describe así la resurrección de Epistemón: "De repente Epistemón comenzó a respirar, después abrió los ojos, después bostezó, después estornudó, después soltó un gran pedo. Ante lo que dijo Panurgo: "Ahora está ciertamente curado".
En Cuentos de Canterbury, De Geoffrey Chaucer, el flato es usado como agresión. El conquistador Absolom está intentando robar un beso de la esquiva Alison, la mujer del carpintero Nicolás. En la noche oscura, sin distinguir nada, se aproxima a la ventana de la casa y, susurrando, le pide a la mujer que le diga dónde está. Pero es Nicolás quien responde, soltando por la ventana un agresivo flato.
En Molloy, de Samuel Beckett, hay una cierta condescendencia para con los gases: Trescientos quince pedos en 19 horas, hacen una media de 16 pedos por hora. No es demasiado. Cuatro pedos cada 15 minutos. Es nada. La misma tolerancia mostró el emperador romano Claudio, que proclamó una ley permitiendo la emisión de gases en los banquetes, pero que lo hizo movido por supuestas razones de salud: se creía en la época que retener los gases era perjudicial para el organismo.
De una manera general, soltar un flato era falta grave. Edward de Vere, duque de Oxford, tuvo la mala suerte de hacerlo (cosa que Freud intentaría explicar) en el preciso momento en que prestaba juramento de lealtad a la después cinematográfica reina Elizabeth 1a.
Quedó tan avergonzado que se impuso un exilio de siete años. Cuando retornó a la corte, Elizabeth habría dicho, para consolarlo: "Mi señor, a decir verdad, ya he olvidado aquél flato".
En términos de asociación nobleza-flatulencia, el duque no permanecería solo. Según nos cuenta Jo Soares en O Xangó de Baker Street, don Pedro 2o. soltaba gases en pleno palacio, lo que incluso fue mencionado en la sentencia citada, por el Juez Ricardo Artur Costa e Trigueiros.
El pedómano De acuerdo, una persona puede retener los gases, pero ¿es posible emitirlos a voluntad?
En La tierra de Emile Zola, hay un personaje que consigue hacerlo y gana apuestas con su habilidad. Hubo también un contemporáneo del escritor que lo conseguía y se hizo famoso por eso. Josepj Pujol (1857-1945), autodenominado "El Pedómano".
El marsellés Pujol tenía un extraordinario control de sus músculos abdominales y del esfínter anal, lo que le permitía hazañas asombrosas. Se exhibía en el célebre Moulin Rouge, ante audiencias que incluian a Eduardo, príncipe de Gales, y a Sigmund Freud. Conseguía tocar la flauta por medio de un tubo de goma inserto en su ano, emitiendo también las notas del himno nacional y de melodías compuestas por él mismo.
La historia de Pujol inspiró al menos dos filmes. El británico El pedómano, de 1979, con Leonard Rossiter, y el italiano del mismo título, con Ugo Tognazzi, el musical La comilona, premiado como el mejor del año en 2006, en el festival internacional Fringe, de Nueva York, varios artículos y libros, incluyendo el best-seller ¿Quién se comió mi queso? de Jim Dawson, una abarcadora historia de la flatulencia.
Una historia que, como se comprueba, muestra aspectos curiosos y sorprendentes de la relación humana con su cuerpo, particularmente en lo que se refiere al comportamiento gaseoso de éste.

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3 Comentarios:

A la/s 1:58 p. m., Blogger Cáncer de ¿qué? dijo...

la verdá es que lo que escribiste hoy, má saún que lo que escribís siempre es un verdadero y erudito monumento, un auténtico homenaje versado ...¡al pedo!

 
A la/s 11:04 a. m., Anonymous luna dijo...

Jajaja FANTÁSTICO CRAB!!!!!!
Esta compilación de citas escatológicas de la literatura clásica es realmente ilustrativa, interesantísima y amena.
Besos de Luna para vos

 
A la/s 2:47 p. m., Blogger Crab dijo...

Martín y Luna:
Agradezco y siempre disfruto de su enaltecedora visita.

 

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