Mascaró


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miércoles, febrero 03, 2010

Tomás E. Martínez

Mucha bulla se ha armado estos días en torno a la muerte de Martínez.

Para Crab, como escritor fue apenas un poco más que Majul, Castro, Caparrós, O'Donnell y tantos otros que se dedican a la novela histórica, y que escriben además aceptablemente bien.
Qué lejos que estamos, por ejemplo, de Salinger, cuya muerte hace unos días pasó casi inadvertida, en comparación.
¿Cuál es la diferencia? Creo que una fundamental: la busca o no de la fama. La fama, decía Rilke, "ese montón de malentendidos acumulados en torno de una persona". Claro que alguien va creando o ayudando a crear esos malentendidos.
Salinger la vio clara, y dijo: o escribo, o soy famoso. Eludió voluntariamente los halagos de la fama, y se dedicó a escribir. Con eso, fíjense, se creó fama, sí, pero de "raro", de "exótico", de "huraño". No: simplemente el tipo quería que lo dejaran de joder, y poder escribir tranquilo.
En el caso de Martínez, deliberadamente buscó siempre la notoriedad.
Para ello, no hay nada mejor que juntarse con gente famosa, frecuentar ciertos círculos. Yo me he imaginado muchas veces entrevistando a Perón. ¡Cuántas cosas hubiera podido preguntarle! Pero, claro, lo primero que él hubiera preguntado es: "¿y este coso quién es?". O sea, antes que nada el candidato nos tiene que conocer. A él lo ayudó su trabajo como periodista (es el caso de la mayoría de los nombrados arriba, por otra parte).
Ahora bien, con la gente famosa (sea del mundo de la literatura, como de cualquier otro ámbito), no hay mejor método para ganárselos que elogiarlos. Todo artista busca, entre otras búsquedas quizás más profundas, el reconocimiento y la admiración de los demás. Y si se traduce de una manera inteligente (porque elogiar, cualquiera elogia, pero hay que hacerlo de manera sagaz, sin que se note casi), se asegura uno que el otro lo conozca, y hasta, quien sabe, que lo reconozca.
En cuanto al estilo, que tanto se ha elogiado, hay una treta. Ya usada por otros periodistas (Arlt, p. ej.), pero que se hace notoria con el advenimiento de Primera Plana: el cronista no relata los sucesos en forma impersonal, sino que se entromete comentándolos, urdiendo posibles e ignotas causas de lo que se relata, intentando explicaciones subconcientes de lo que está diciendo el entrevistado, buscando la complicidad del lector. Si además hay un manejo más o menos diestro de la escritura...
Recuerdo haber leído con avidez Primera Plana. Todo lo que uno leía estaba bien escrito. Aunque abundaban los "fatigaba los pasillos", y realmente llegó a fatigarme ese uso hasta el hastío de "fatigaba" como metáfora del frecuentamiento, que quizás pudo deslumbrar a muchos lectores que no conocían a Borges.
Ellos sí lo conocían.
Pero Primera Plana cometió un pecado imperdonable: fue uno de los factores que contribuyó al derrocamiento de Illia. Fueron los creadores del oprobioso mote de la "tortuga", con el que irrespetuosamente designaban a quien fue seguramente, junto con Irigoyen, unos de los más grandes presidentes que tuvo el país en el siglo XX. Ganaron con este ingenioso recurso la adhesión de la clase media progre de entonces, y provocaron el desembarco de Onganía, ese siniestro antecesor del proceso, que concretó luego todo lo que aquél no se animó.
Illia se fue, y gran parte de la Argentina lo lamentó.
Hasta el mismo general Julio Alsogaray, quien tuvo a su cargo en persona el derrocamiento, confesó muchos años después, que se arrepentía de haberlo hecho.
Fíjense qué cosa: un general confesando haberse equivocado.
A Ernesto Schoo, Eloy Martínez, y alguno más que todavía queda, nunca les oí decir que estaban arrepentidos.
Pero qué importa: después escribieron en La Nación.


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