Mascaró


Alea jacta est

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viernes, febrero 13, 2009

Los grandes amores de mi vida II

El 17 de diciembre comencé una historia que no continué. Son varios capítulos. Amores vividos intensamente, saboreando cada instante, compartidos a veces con mi compañera real junto a la butaca. ¡Ah! si supieran ellas en qué -o quién- estamos pensando realmente o qué historias pergeña nuestra imaginación cuando las contemplamos tan enamorados.
Justamente, recién casado con mi primer mujer -que era toda una belleza- me encontré de repente con esta maravilla. ¿Cómo no ceder a sus encantos? Esta mujer no podía existir.

Fue en la inolvidable Los paraguas de Cherburgo, de 1964, donde lucía como una bella adolescente que enamoraba a Guy (Nino Castelnuovo), y le pedía desesperada: "no te vayas, te lo pido", con esa música que se hizo tan famosa y le valió a Michel Legrand el pasaporte directo a Hollywood.
Ese fue el inicio: era una adolescente para nunca olvidar, pero el filme que verdaderamente nunca olvidaré fue uno bien extraño, Lyza (traducida aquí estúpidamente como Lyza, un amor inolvidable), de Marco Ferreri. Ahora ya no es una adolescente, es la mujer que vemos en la foto.
Marcelo (Giorgio), periodista, vive con su perro Melampo, recluido en una isla desierta en la que quedan restos de la guerra: un avión destartalado, un bunker abandonado. Catherine (Liza) llega en una lancha que naufraga. Siempre recordaré su cara de asombro al señalar el bunker y preguntar con increíble ingenuidad: "Qu'est que c'est ce boule lá?" Ella le mata al perro, se pone su collar, y cae en cuatro patas a los pies de su amo, rogando ser su reemplazante.
Marcelo la lleva a su casa, se la presenta a su mujer (es casado) y le dice con toda naturalidad: "va a vivir con nosotros".
La amé toda la película, y gran parte de mi vida.
No sabía, claro, que luego se convertiría en la mujer fría, implacable, dispuesta a cumplir con sus objetivos y aplastando en su camino no importa a quién.
Pero no olvidemos que Francia puso su efigie en una moneda (o en un billete, da lo mismo). Fue -y aún sigue siendo- todo un paradigma.

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