Mascaró


Alea jacta est

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martes, mayo 12, 2009

La Salada

Crab fue a La Salada y les cuenta
Hace muchos años, había una publicidad de Gillete que interpretaba Norman Brinski (en sus comienzos como actor, así que imagínense), que decía: "tanta propaganda, tanta propaganda, y al fin me la hicieron comprar".
Crab puede decir lo mismo de la feria de La Salada.
Por lo general no soy afecto a los shoppings. Por compromiso, para acompañar a gente amiga que viene de otros países, conozco los principales de Buenos Aires: Patio Bullrich, Galerías Pacífico, Alto Palermo. Entro, miro tres o cuatro negocios (generalmente libros y música), y al rato estoy como el chico que le pregunta aburrido a la madre: "mamá: ¿cuándo nos vamos?" A Crab no le interesa demasiado la moda, tiene hijas de buen gusto y buen pasar que le regalan ropa de marca -a la que, que por lo demás, no es demasiado afecto- así que las galerías no son su fuerte. Para colmo, no me agrada la gente que encuentro al pasar, ni los comentarios que hacen.
Pero la idea de La Salada, como un shopping para pobres, me sedujo.
Naturalmente, la cosa venía acompañada de algunas prevenciones. De entrada, ni hablar de ir en auto. O sea, había que viajar una hora en colectivo.
Pero igual la cosa no era tan fácil. La Salada queda bien extramuros. La gente que yo conocía, y a la que pregunté, curiosamente, no tenía ni idea de dónde quedaba ni cómo ir.
Bueno, la cosa es así: hay que ir a Puente de la Noria, y de ahí tomar un colectivo (todos truchos: cobran $ 1,00 y no pertenecen por supuesto a ninguna línea regular).
Puente de la Noria es el límite suroeste de la Capital. O sea, donde termina la General Paz y se junta con el Riachuelo, en el extremo sur.
Ahí, del lado de la Capital está el Autódromo, y del lado de la provincia se comienza a ver campo. Campo puro, ojo.
Este es el sur. Al cruzar el Riachuelo, y entrar en la provincia, uno siente que está en otro mundo. Esos famosos otros mundos de que habla Isabel Sarlo y tantos. Porque ahí, los blanquitos -como diría D'Elía- comienzan a escasear.
Y uno sabe, a pesar de que Crab se había disfrazado de atorrante, que no pertenece. La gente lo mira como preguntándose "y éste, ¿de dónde salió?".
Pero hay que hacerse el gil, pretender que uno anda todos los días por ahí, y seguir.
Seguir preguntando, siempre a gente que no tenga aire desconfiado.
Arriba del colectivo, lo mismo. En realidad, lo que prevalece es la pobreza, y eso es difícil simularlo (o disimularlo).
Por fin, la feria. Son unas veinte cuadras, en una calle que corre al costado del Riacuelo, pero del lado de provincia, donde, en lo que vendrían a ser las veredas, que no existen, se instalan los puestos de venta.
Funciona los martes, sábados y domingos, después de las 14 y hasta que las velas no ardan.
Venden "sobre todo indumentaria", como me informó un oficioso a la entrada.
Es tan aturdidora y bulliciosa como Galerías Pacífico o cualquiera conocida, aunque el ambiente es ligeramente distinto. Predomina el público indígena: bolivianos, peruanos, paraguayos, y del norte argentino.
Pero hay también "señoras finas" que van en procura de mejores precios, "ahora que la ropa está tan cara".
En efecto, lo que más se ofrece -a veces a los gritos, a veces a media voz- es ropa. Deportiva y de salir. Abundan las zapatillas, de todo tipo. Y hay una parte, cerrada y techada, donde la mercadería es de superior calidad. Siempre se trata de imitaciones de las mejores marcas.
O, no sé, en algún caso puede tratarse de mercadería de segunda, rechazada por el estricto control de calidad que tienen las marcas afamadas.
Los precios son ridículos, realmente bajos. Pero insisto, Crab no entiende mucho de calidades de telas y esas cosas, así que pudo fácilmente ser engañado.
Lo que evitó no comprando nada. No porque no se sintiera tentado, sino porque realmente no le gustó demasiado lo que vió. Cuando preguntó por cosas de mayor calidad, le contestaron que eso se ofrecía cuando comenzaba la noche.
¿De noche y en La Salada? ¡Ni por joda! Nos volvimos sin comprar.
Bah, sin comprar no. Me tentó y me compadecí a la vez con un hermoso loro que vi en una pequeña jaula, para dos a lo sumo, aplastado por una docena de congéneres.
Era hermoso: verde como cualquier loro que se precie, con un amarillo que cubría su cabeza y casi todo el pecho, y curiosamente, con un bajo vientre colorado. Véanlo.

Como es loro, y no cotorra, se supone que hable. Crab le habla y le habla para ver si se prende, pero nada. Es bien reticente. Y Crab dale "la papa, la papa", pero nada. La parquedad en persona. De tanto en tanto, cuando nadie se lo pide y nadie se lo espera, suelta un displicente y entremurmurado "la papa". Uno por día, a lo sumo.
Los tendré al tanto.

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